
Paul et Nadia - tomo 1 - La trampa
Novela de aventuras publicada por Tournon (Francia)
Marzo de 2007
Lean aquí el primer capítulo traducido al español
Cuando me desperté, estaba en medio de la jungla. Lo comprendí muy rápido por la cantidad de lianas y de árboles gigantescos que me rodeaban. Por supuesto, me pregunté qué estaba haciendo ahí, pero no de inmediato. Al principio, hice como si no hubiese visto nada. Volví a cerrar los ojos y traté con todas mis fuerzas de volverme a quedar dormido, esperando ingenuamente que así lograría despertarme en alguna otra parte.
A mi alrededor, había docenas de pájaros que cantaban, y montones de monos o de otros animales detestables que pegaban aullidos exasperantes –sin contar las ramas de los árboles que silbaban como miles de machetes, allá arriba en el cielo.
En medio de todo eso, una voz se puso a gritar:
– ¡Vamos, arriba, Paul McNougal! ¡Ya has dormido bastante!
Era una voz histérica, disonante como el crujido de una tiza contra un pizarrón.
Yo todavía estaba adormecido y de muy mal humor. Toda esta cuestión de la jungla no me causaba ninguna gracia. Si se trataba de un sueño, era uno de los peores que había tenido en mi vida. Y además hacía demasiado calor, estaba todo empapado, me faltaba el aire: la crisis de asma no estaba muy lejos.
La voz chilló una vez más:
– ¡Vamos, Paul McNougal, deja de fingir que duermes, no tenemos tiempo para ese tipo de caprichos!
Estaba harto de esos gritos. Deseaba que el tal Paul McNougal –un nombre bastante ridículo, dicho sea de paso– se despertara de una vez por todas. Después, él y su amigo el chillón podrían largarse de ahí y dejarme descansar en paz.
– ¿Y, te vas a levantar o qué? ¡No abuses de mi paciencia, muchachito! –le escuché decir aún.
Luego recibí una patada en el trasero que recordaré durante toda mi vida.
– ¡Ay! –grité con toda la fuerza de mis pulmones, y abrí los ojos.
Parado delante mío, bajo los árboles gigantes, había un tipo con gafas, lleno de sudor y terriblemente enojado. Una pequeña multitud nos rodeaba.
– ¿Sigues haciéndote el listo? –me dijo. Tomó impulso como si fuera a asestarme otra patada fatal.
Sus zapatos debían ser casi tan grandes como mi cabeza.
Me puse de pie de un salto. Quería seguir teniendo la posibilidad de sentarme durante los años venideros.
– Ah, ¿conque ése es el lenguaje que entiendes, eh, muchachito? ¡Es bueno saberlo! Y ahora, ¡en marcha!
Se puso a caminar a toda velocidad. No pude hacer otra cosa que seguirlo, bastante perplejo.
Junto a nosotros venían al menos unos quince individuos. Parecían salidos de los cuatro rincones del mundo y llevaban todos unas caras imposibles –una verdadera colección de atrocidades. ¿O era acaso mi mal humor el que me hacía ver a todos esos tipos de manera tan espantosa?
Fue entonces que, con una intensidad apabullante, comenzó la ronda de preguntas: ¿dónde estábamos, qué estaba haciendo yo ahí, cómo había aparecido en un lugar semejante? ¿Quién era esa gente y quién era ese Paul McNougal con el que parecían confundirme? ¿Dónde se habían metido mi padre, mi valija, el resto de mi clase y mi profesor de inglés?
No lograba encontrar ninguna respuesta, ni siquiera estaba seguro de estar realmente despierto. Cuanto más caminábamos, más tenía la impresión de que estábamos en medio de ninguna parte. Aquello no podía ser un bosque de Francia: había demasiados colores, demasiadas cosas raras por todos lados. Ni siquiera existía realmente un sendero, y a veces había que abrirse camino usando machetes. Yo recorría mentalmente todos los bosques de Europa, preguntándome dónde podía haber algo parecido.
Después de media hora de marcha forzada y preguntas interminables, junté todo mi coraje y me apresuré a alcanzar al sádico de gafas, que marchaba delante del pelotón. Parecía ser el jefe de la banda. Le dije, con mi voz de niño:
– Señor, discúlpeme pero yo no soy Paul McNougal. Ni siquiera sé quién es. Se equivocaron de persona…
El tipo se me quedó mirando un momento, sin parar de caminar, con una sonrisa irónica en los labios.
– Vamos, muchachito, basta de tonterías –me contestó–. No trates de embaucarme, soy demasiado viejo para eso.
Tenía dos o tres cicatrices en el rostro y un uniforme color kaki con agujeros por todas partes. Parecía un funcionario colonial que se hubiera vuelto loco.
– No, señor, escúcheme, por favor. Me llamo Simon Limousin y nunca oí hablar de su…
– Un momento, muchachito, ¿por quién me tomas? Sé muy bien quién eres. Vales tu peso en oro. Sin dudarlo un segundo, tu abuelo, Lord McNougal, nos va a entregar con toda amabilidad dos o tres millones de dólares para pagar tu rescate.
– ¡Pero no, señor! ¡Está diciendo cualquier cosa! ¡Soy francés, mis abuelos se llaman Limousin y Vidal, y necesitarían siglos para juntar una suma semejante!
– ¡Basta de hacerte el tonto, Paul McNougal! Conozco a tu abuelo y sé que pagará, fin de la cuestión. En el peor de los casos, si tiene dudas sobre la mercadería, le mandaremos tu dedo meñique izquierdo. Es lo que se suele hacer en esta profesión.
– ¿Mi dedo meñique? ¡Está completamente loco! Yo…
– ¿Quieres un par de cachetazos? ¡Cállate, ya has hablado suficiente! Tienes suerte de que yo no sea de ésos a los que no les importa andar deteriorando la mercadería.
Hizo un gran gesto con el brazo que quería decir que la discusión había terminado.
– ¡Pero por Dios, dígame al menos dónde estamos! –grité, desesperado.
Me miró como si yo fuera un insecto, y sus gafas una lupa. Luego susurró, con una voz de monstruo de dibujo animado:
– Bienvenido a la jungla amazónica, Paul McNougal…
Y se alejó, pegando un gran suspiro.
Como pueden imaginarlo, estas noticias causaron el efecto de un bombardeo nuclear sobre mi cerebro ya aceptablemente devastado.
¿Estaba quizás volviéndome loco?
¿O tal vez había tenido una crisis de amnesia y no era para nada aquel que creía ser?
Secuestrado en lugar de otra persona… ¡Ese tipo de cosas sólo pueden pasarme a mí!
Para tratar de entender algo, mientras caminaba me puse a analizar al resto de las personas a mi alrededor. Se trataba obviamente de un grupo de mercenarios, de todas las nacionalidades y todos los colores imaginables. Se hablaban entre sí sobre todo en inglés, pero también en varios otros idiomas incomprensibles y saltarines. Yo hacía esfuerzos para escuchar sus diálogos, porque me decía que era eso lo que cualquiera de mis héroes favoritos hubiera hecho. Pero no lograba captar más que conversaciones anodinas acerca de armas, bebidas y mujeres. En fin, nada que pudiera serme de la menor utilidad.
Después de dos o tres horas de caminata, llegamos a un edificio inmenso y descalabrado, que debía estar ahí desde la época de las colonias. Poco a poco, la vegetación lo iba invadiendo; un buen día, la jungla se lo terminaría tragando.
El sádico de gafas le ordenó a uno de sus subordinados:
– Nelson, ve a guardarme a este muchachito en su lugar en el horno, ¡y que no oiga hablar de él por un buen tiempo!
El mercenario en cuestión me tomó de los hombros y me condujo a mi nuevo alojamiento. Cerró la puerta con llave y se marchó a reunirse con sus compañeritos.
Mi nuevo hogar no era más que un simple calabozo. Había una ventana con barrotes, una montaña de paja que debía servir de madriguera para diversas familias de roedores, y eso era todo. Efectivamente, se parecía bastante a un horno. Nunca hubiera pensado que podía hacer tanto calor en algun lugar de este mundo.
Una hora después, vinieron a traerme una especie de sandwich pestilente que me apresuré a devorar, de tan hambriento que estaba.
Me recosté sobre el montón de paja. Me sentía terriblemente triste. Era como una pesadilla –excepto que tenía la sensación de que lo que se había vuelto un sueño era más bien toda mi vida pasada.
¿Cómo había hecho para terminar así?
Según mis últimos recuerdos, estaba a punto de tomarme el tren para pasar una semanas estudiando inglés en alguna parte de Inglaterra, con mi curso. Mi padre me había llevado hasta la estación y me había ayudado a cargar la valija que, como siempre, estaba super-pesada por todos los libros que había metido adentro. Dos semanas sin leer a mis escritores predilectos (Emilio Salgari, Robert L. Stevenson, Mark Twain y Alejandro Dumas, si les interesa saberlo), me parecía una tortura insoportable.
Dejé la valija sobre el andén junto con las de los demás alumnos y me fui al baño. Y después… Después no me acuerdo más nada. El vacío completo. Deben haber usado cloroformo, supongo. En todo caso, no hubo ningún golpe en la cabeza –sino estaría disfrutando de un gran chichón y de una jaqueca espantosa.
Podía imaginarme la escena: el tren que entra a la estación, el profesor que hace subir a todo el mundo, chillando algunas consignas, en su estado de histeria habitual. Alguien (mi amigo Rémi, seguramente) se extraña de mi ausencia. El profesor desciende a toda velocidad pero justo suena el silbato de partida y entonces se sube de nuevo al vagón de un salto, se golpea la cabeza contra la puerta y pega un grito, el tren se pone en marcha. Último plano de mi valija abandonada sobre el andén.
El solo hecho de pensar en todos esos libros, todas esas maravillas perdidas, me había mal al corazón, por más absurdo que parezca.
Para tratar de tranquilizarme un poco, me puse a hacer un balance de la situación, como suelen hacer los héroes de las novelas.
He aquí el resultado de mis reflexiones:
– estaba encerrado en un calabozo, Dios sabe dónde, en medio de la jungla amazónica,
– alrededor mío debían extenderse decenas, centenares de kilómetros de tierras salvajes y de bestias feroces,
– nadie sabía que yo estaba ahí,
– mis secuestradores parecían ser tan humanos y simpáticos como un tiburón después de dos semanas de ayuno,
– me confundían con otra persona
– y mi única esperanza de escapar de todo eso era esperar el rescate pagado por un abuelo millonario del que jamás había oído hablar en mi vida,
– el cocinero hubiera merecido la pena de muerte frente a cualquier tribunal internacional
– y hacía un calor inconcebible.
Les dejo imaginar hasta qué punto este simpático balance logró tranquilizarme…

oh oh oh------------------------------------------------------------------------------------oh oh oh |